Por Ezequiel Adamovsky (*)

Maradona, inmortalizado en una pared en Grecia.

Maradona, inmortalizado en una pared en Grecia.

No imaginé que me iba a embargar el mismo sentimiento de pérdida y la misma tristeza que a todos. No miro fútbol, no sé nada al respecto. Así y todo, Diego Maradona me resultó siempre entrañable. Lo mismo que a los cientos de vecinos de La Paternal a los que escucho cantar y tocar bocinas en la cancha de Argentinos Juniors mientras escribo estas líneas, pero acaso por un conjunto de motivos algo diferente. El Maradona que ahora me falta no es el genio del balón. Está hecho de otras proezas y de otras escenas. El afecto que siempre sentí por él viene de las otras cosas que lo convirtieron en un héroe popular, que no son sólo las deportivas. Viene de las diversas actitudes que asumió a lo largo de su vida. Viene de la rara fragilidad de su existencia de campeón. De la incomodidad, a veces tierna, a veces brutal, con la que atravesó ese viaje vertiginoso que lo llevó de una villa del Conurbano al estrellato internacional. De las caídas y derrapes recurrentes que, sin embargo, nunca alteraron del todo la madera de la que estaba hecho. De ese cuerpo que no era lozano y atractivo como el de otros triunfadores, porque no escamoteaba las marcas y el costo en salud que había pagado por la vida que le había tocado.

Fiel a los afectos

Siempre me gustó, como a tantos, que se mantuviera fiel a sus primeros afectos y a su barrio a pesar de haberse hecho millonario. Lejos de ocultar las huellas plebeyas de su crianza, como hacen tantos apenas engrosan sus billeteras, las exhibió altanero y desafiante en todas partes. Como esa vez que dijo “A mí me parece bien que me llamen cabecita negra porque nunca renegué de mis orígenes ¿Cuál es el problema?”. El mejor. Millonario. Y cabeza. Y que se la aguanten. Reclamó el derecho a disfrutar plenamente de sus logros, de ocupar la cima sin pasar primero por la escuela de corrección de clase, sin tratar de actuar una vida que no era la suya.

Nos gustaba también que el destino lo hubiese puesto en ese lugar que ocupó tan bien, de vengador del pobrerío napolitano contra la Italia rica del norte que los despreciaba. Que se entendiese tan bien con los cabecitas negras que también tiene Europa. Nos gustaba que enfrentara a los poderosos en cualquier ámbito. Que un día fustigara a la mafia de la FIFA y otro al Papa en su Vaticano. Su visita a Cuba, su amistad con Fidel Castro, su tatuaje del Che Guevara y sus legendarios goles contra los ingleses –que él mismo se ocupó de describir como una revancha por la guerra de Malvinas– le dieron también una cierta pátina antiimperialista, que se vio reforzada por sus frecuentes invectivas contra Estados Unidos. Ese país le retribuyó con una indignante prohibición de ingreso que él esgrimía como una medalla. De ese enfrentamiento con la principal potencia mundial hay que decir que Maradona salió triunfante. Una de sus páginas más admirables fue el breve pero intenso período en el que actuó como un verdadero activista político, animando a las multitudes que viajaron a Mar del Plata en 2005 en el momento en el que George W. Bush intentaba hacer aprobar su proyecto de Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), que anunciaba un desastre para la región. Diego fue una pieza central para asegurar visibilidad mediática y masividad al reclamo de los movimientos sociales que organizaron entonces la Contracumbre. Todos lo recordamos al lado de Hugo Chávez, otro de los artífices de la victoria latinoamericana de ese día en que el ALCA quedó sepultada. Y viajando en tren con Evo Morales, que por entonces era todavía un dirigente cocalero.

La mirada del otro como un espejo

Claro que no todo en su figura resulta reivindicable: de su vida privada está también la relación abusiva que entabló con algunas mujeres y el descuido de una parte de su progenie. Sus intervenciones en la política local no carecieron de contradicciones, pero en balance estuvo del lado correcto. No siempre se juntó con los dirigentes adecuados, pero eligió bien sus enemigos. Reclamó más de una vez contra las políticas antipopulares. Enfrentó el proyecto de Menem en sus inicios, aunque luego lo apoyara inexplicablemente en su reelección. Se manifestó cercano al movimiento de derechos humanos. Al Macri político y “ricachón” no perdió ocasión de recordarle: “Tus decisiones le cagaron la vida a dos generaciones de argentinos”.

Las suspensiones y juicios que sufrió desde 1991 por consumir drogas lo asociaron además con una figura muy presente en la tradición nacional: la del perseguido por los poderosos, indómito y gritando sus verdades como un Martín Fierro, levantándose una y otra vez luego de alguna injusticia que le cortaba las piernas para sacarlo del juego. Había algo en su vida, en sus éxitos y caídas, en su perseverancia, que resonaba en la experiencia de la Argentina. Como si fuese el recordatorio de una plenitud nacional posible pero siempre malograda, que retornaba una y otra vez como ilusión en el gesto plebeyo y desafiante.

Maradona y Argentina estuvieron siempre conectados. Lo saben los viajeros: su apellido los acompañaba siempre. No importa el país exótico y lejano en el que estuvieran, la secuencia era la misma:

Pregunta: “Where are you from?”

Respuesta: Argentina.

Reacción: “¿Aryentina? ¡Maradona!” (Acompañada de una sonrisa amplia y los ojos bien abiertos).

La mirada del otro nos devuelve, como un espejo, fragmentos de lo que somos. Somos aquello que logramos componer a partir de esos fragmentos. Como toda nación, somos la imagen que construimos acerca de nosotras y nosotros mismos. Las identidades colectivas no tienen otra sustancia que esa. Imágenes, personajes, emblemas, sabores, hitos, sonidos, retazos de narrativas: nos sentimos nación a partir de cosas exteriores a cada uno de nosotros con las que nos identificamos. Y que entonces dejan de ser exteriores. Se nos hacen carne.

Maradona fue y será un emblema de lo argentino. Y no porque todos los argentinos y argentinas lo quieran. Más bien por lo contrario. Está claro que hay una parte de la población que detesta verse representada por él, que preferiría verse reflejada en alguien más culto, prolijo, sumiso y correcto. Más europeo y menos latinoamericano. Pero incluso en ese rechazo que genera, Maradona es buen emblema de la Argentina, de sus grietas, de su carácter dislocado, de sus rencores viejos, de su imposibilidad de responder de alguna manera estable y compartida la pregunta acerca de quiénes somos.

(*) Historiador. Autor de “Historia de la Argentina, biografía de un país”, Crítica, Buenos Aires, 2020.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *